Lunar se fue ayer, con la misma silenciosa dignidad con la que había aprendido a resistir en un mundo que, demasiadas veces, no estuvo a su favor. Llegó a la colonia arrojado desde un coche, encerrado en un transportín, como si su vida no pesara. Y aun así, bajo el miedo inicial y el desconcierto, llevaba la fuerza de un corazón que se negaba a rendirse. Más tarde supimos que también cargaba un balín bajo la piel, otra cicatriz más de la crueldad humana. Pero él, testarudo y valiente, decidió vivir.
Con el tiempo se convirtió casi en el macho alfa de la colonia: orgulloso, autónomo, dueño de su pequeño reino. Cuando hubo que trasladarse al recinto por las obras, escapó dos veces, recordándonos que la libertad era para él una convicción profunda, algo que no se negocia.
Hoy, en su nombre, queremos dar las gracias. A África. A Ana Martínez. A Ana, la veterinaria del centro zoosanitario de Almería, que estuvo a su lado con una entrega que sobrepasa cualquier medida. A José Bernal. Y a cada persona que, en algún instante de su vida, le dio una mano, un gesto, un cuidado. Gracias por haberle regalado una parte de humanidad en medio de un camino que no siempre la tuvo.
El recinto está triste, tristísimo. El aire pesa. Hoy no ha salido a recibirnos, y ese hueco silencioso duele como una herida nueva. Pero en esa ausencia también vive su recuerdo: la forma en que caminaba, su mirada alerta, el temple indomable de un gato que eligió luchar hasta el último día.
Descansa, Lunar. Que donde estés no haya miedo ni balines, ni manos que dañen. Solo luz, libertad y paz. Aquí, en cada rincón que marcaste, seguirás presente.

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